La música latina llena estadios pero no llena trofeos: ya es hora de cambiar eso
Artículo de opinión
Voy a decirlo sin rodeos: hay algo profundamente contradictorio en que la música latina sea el fenómeno cultural más importante de los últimos quince años y, al mismo tiempo, siga recibiendo un trato marginal en los Grammy Awards y en los grandes festivales internacionales. No es una queja sin fundamento. Es una observación que los números respaldan con creces.
Los datos no mienten, los trofeos sí
Bad Bunny fue el artista más escuchado en Spotify durante tres años consecutivos. Shakira tiene más de 85 millones de seguidores en Instagram y canciones que superan los mil millones de reproducciones en YouTube. Karol G llenó el estadio Olímpico de Barcelona. Peso Pluma entró en el Billboard Hot 100 con corridos que hablan de una realidad muy específica del norte de México y, aun así, resonaron en Los Ángeles, Madrid y Tokio.
¿Y cuántos Grammys a las categorías principales —Álbum del Año, Grabación del Año, Canción del Año— han ganado artistas de habla hispana en la última década? Contarlos no lleva mucho tiempo. La Academia de la Grabación creó las categorías latinas en los Grammy Latinos como si eso fuera suficiente para saldar una deuda cultural. No lo es.
El Grammy Latino no es la solución: es el síntoma del problema
No me malinterpreten: el Grammy Latino es una celebración valiosa y tiene su importancia. Pero su propia existencia revela el problema de fondo. Al crear una ceremonia separada para la música latina, la industria anglosajona construyó una burbuja cómoda donde los artistas latinoamericanos pueden ganar premios sin competir en igualdad de condiciones con los artistas angloparlantes en los premios principales.
Es como si dijéramos que el cine latinoamericano tiene su propio Oscar y, por tanto, no necesita competir en las categorías principales de la Academia. Nadie aceptaría eso. Sin embargo, en la música lo hemos normalizado durante décadas.
El argumento de la barrera idiomática se cae solo cuando ves que una canción en español puede ser número uno en países de habla inglesa. El idioma no es el obstáculo: lo es la pereza institucional y, seamos honestos, cierto sesgo cultural que todavía pervive en los comités de votación.
Los festivales internacionales: avances reales, pero insuficientes
En el mundo de los festivales, la situación ha mejorado notablemente. El Primavera Sound de Barcelona lleva años apostando por artistas latinos en sus carteles, y su expansión a Buenos Aires y Santiago fue un gesto significativo. Coachella ha incluido a artistas como J Balvin, Bad Bunny y Becky G como cabezas de cartel, y la respuesta del público ha sido apabullante.
Pero Coachella sigue siendo la excepción, no la regla. Glastonbury, Lollapalooza en su versión original de Chicago, Reading and Leeds, Roskilde en Dinamarca: estos festivales todavía tratan a los artistas latinos como cuota exótica antes que como protagonistas de pleno derecho. Y eso, en 2024, simplemente no tiene justificación.
Artistas que merecen mucho más reconocimiento global
Hablemos de casos concretos. Natalia Lafourcade lleva más de una década haciendo una de las músicas más sofisticadas, emocionalmente ricas y culturalmente complejas de América Latina. Su trabajo con los Macorinos, su exploración del son jarocho y del bolero, su capacidad para conectar la tradición con la contemporaneidad: todo eso merece estar en la conversación de los mejores álbumes del mundo, no solo de los mejores álbumes en español.
Nicki Nicole, con apenas veintipocos años, construyó una propuesta dentro del trap latino femenino que tiene más profundidad lírica que muchas de las artistas anglófonas que acaparan los premios principales. Bizarrap ha inventado un formato nuevo de hacer música y de lanzarla al mundo. Eso es innovación real, del tipo que los premios dicen valorar.
Y luego está Rosalía, que quizás es el caso más revelador de todos. Cuando empezó a ganar reconocimiento internacional, muchos se apresuraron a etiquetarla como «artista española» antes que como artista latina, como si eso la hiciera más digerible para el establishment musical anglosajón. Eso dice mucho sobre cómo funciona el sistema.
¿Qué se puede hacer?
Primero, los comités de votación de los Grammy y de otros premios importantes necesitan diversificarse de manera urgente y real, no simbólica. Si los votantes no escuchan música en español de manera habitual, es imposible que la evalúen con el mismo criterio que aplican a la música angloparlante.
Segundo, los grandes festivales deberían fijar cuotas mínimas de representación latinoamericana en sus carteles principales, no como concesión sino como reconocimiento de una realidad de mercado. Si tus asistentes escuchan reggaeton en el coche de camino al festival, tiene sentido que eso también esté en el escenario grande.
Tercero, y esto es responsabilidad también de la industria latina, los sellos y representantes de artistas latinoamericanos necesitan ser más agresivos en sus campañas de lobbying hacia estas instituciones. La música habla por sí sola, pero en la industria del entretenimiento, los contactos y la presión también cuentan.
Una cuestión de respeto, no de cuota
Quiero dejar claro que esto no es un argumento a favor del tokenismo. No se trata de que los Grammy pongan a un artista latino en la categoría principal para callar bocas. Se trata de que el sistema de evaluación sea lo suficientemente honesto y sofisticado como para reconocer la calidad donde está, independientemente del idioma en que se cante.
La música latina no necesita que nadie le haga un favor. Lleva décadas ganándose su lugar en la cultura global con trabajo, talento y una conexión emocional con el público que muchos artistas angloparlantes envidiarían. Lo que necesita es que las instituciones que supuestamente celebran la excelencia musical estén a la altura de lo que el mundo ya sabe: que el ritmo de América Latina es, hoy por hoy, el ritmo del mundo.
Y en Lo Canto no vamos a dejar de decirlo hasta que eso quede reflejado en los trofeos.